Con la misma determinación que la llevó a competir en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, la rancagüina Jacqueline Díaz Caro volvió a instalar su nombre en lo más alto del continente. A comienzos de febrero, la destacada deportista regional se consagró con cuatro medallas de oro en el Panamericano Máster de Tenis de Mesa disputado en Asunción, Paraguay, reafirmando una trayectoria marcada por la constancia, el sacrificio y la pasión.
Las preseas llegaron en individual, equipos damas, dobles damas y dobles mixtos, en un torneo donde además la delegación chilena fue reconocida como la mejor de la competencia.
“Estoy súper contenta, porque logramos cuatro oros, unas más difíciles que otras y una incluso impensada, que fue la prueba por equipos”, comentó Díaz, quien explicó que la conformación del equipo femenino se definió prácticamente a última hora, ante la incertidumbre de algunas participaciones.

Díaz Caro no solo celebró el oro en equipos. También defendió con éxito sus títulos en individual y dobles mixtos, categoría en la que compite junto a René Aguirre, deportista de Antofagasta con quien comparte una conexión forjada desde la adolescencia.
“Nosotros no entrenamos nunca, pero jugábamos cuando jóvenes y hay una química tremenda. Él es más agresivo, yo soy más táctica”, explicó.
En este tipo de competencias, que reúnen a deportistas desde los 35 o 40 años en adelante, la rivalidad se vive con intensidad, aunque siempre en un ambiente de camaradería.
De Rancagua al mundo
La historia de Jacqueline Díaz Caro con el tenis de mesa comenzó en su casa en Rancagua. Fue su padre quien construyó una mesa artesanal con tablas y pintura verde, ante la imposibilidad de comprar una profesional. Aunque de niña también soñó con el fútbol, señaló que en los años 70 las oportunidades para las mujeres eran escasas.
Sus primeros pasos formativos fueron en clubes tradicionales de la capital regional. Un punto cúlmine de su carrera llegó en 1988, cuando logró uno de los cuatro cupos para América Latina y clasificó a los Juegos Olímpicos de Seúl 1988, en la primera edición en que el tenis de mesa fue parte del programa olímpico.
“Había solo cuatro cupos. El último lo disputé con Blanca Alejo, de República Dominicana. Le gané y clasifiqué. Esa era la única chance de clasificar”, rememoró. En el reciente Panamericano, de hecho, fue destacada como la única olímpica presente en la competencia.

Entrenamiento y proyección
Actualmente, Díaz entrena dos a tres veces por semana en el club Tenimesistas de Corazón Rancagua. Su preparación es principalmente táctica: perfeccionamiento de saques, ajustes técnicos y mantenimiento del ritmo competitivo. “Afinar un poquito la mano, no más que eso”.
En el plano internacional, el próximo desafío será el Iberoamericano en Perú, a fines de marzo, torneo en el que participará por primera vez. Más adelante asoman un Mundial en junio y el Panamericano 2026, cuya sede podría definirse entre Puerto Rico y República Dominicana.

Sacrificio y gratitud
Al definir su carrera, Jacqueline Díaz no duda: “Sacrificio, dedicación, entrega y pasión”. Y agrega una palabra más: gratitud.
“Agradecida de lo que me ha dado el tenis de mesa y de todas las personas que me han apoyado. Especialmente mi esposo, Patricio, que ha sido fundamental para que yo siga compitiendo”, concluyó.
La olímpica rancagüina sigue demostrando que la vigencia no tiene fecha de vencimiento cuando el talento se sostiene con disciplina. En cada torneo, en cada punto, Jacqueline Díaz no solo compite: honra una historia que comenzó en el patio de su casa y que aún escribe nuevos capítulos para el deporte de la Región de O’Higgins.






