Fiestas Patrias, factor de unidad
Está comenzando el mes de la Patria, que identifica a todos los chilenos, o a lo menos a la gran mayoría, con nuestras más profundas raíces, entendidas éstas como tradiciones, folclor, comida e incontables aspectos más.
Recordamos el proceso más importante de todos los vividos a lo largo de los siglos por nuestro país, el cual no es otro que la independencia nacional.
Proceso que requirió del sacrificio de miles de habitantes de esta hermosa tierra, que se emplearon sobre la base de sus ideales, en la ejecución de acciones en busca de lograr nuestro autogobierno.
Desde el lejano 1810, el espíritu libertario se hizo realidad en la mentalidad de los patriotas de la época, los que nos heredaron con el paso del tiempo, esa profunda convicción de ser un pueblo libre y soberano.
Puede ser que parte de los chilenos no entiendan aquello, o se hayan olvidado de la importancia de la fecha, sin embargo, al llegar las fiestas patrias, con o sin conocimiento de los motivos que la originan, disfrutan igual de las actividades que año a año se llevan a cabo.
Es cierto que parte de las celebraciones no son estrictamente nacidas de la tradición chilena, lo que hasta cierto punto es esperable por la globalización y la influencia de las comunicaciones, que nos muestran permanentemente otras latitudes y realidades.
Pero, pese a ello, su origen en lo más profundo y puro, sigue siendo la alegría incontenible de brindar y celebrar por la Patria.
Esa concepción de Patria, permite dar origen al Estado y a las estructuras que lo conforman, siendo el sustrato básico del cual nacen dichos conceptos.
Es evidente y necesario, pese a que algunos no lo ven así, traer al presente la historia, para reforzar lo que somos, de tal forma de proyectar el futuro en busca del bien común general.
Entonces, existen motivos más que suficientes para celebrar y por tanto, no se peca de nada en hacerlo, muy por el contrario, el feriado está destinado a ello, los días de fiestas patrias nos abren una ventana maravillosa, que de una u otra forma, nos acerca a nuestros orígenes.
Todo lo anterior es sin lugar a dudas importante y hasta necesario, pese a lo cual me permito sugerir humildemente, que las fiestas patrias deben ser además, en espíritu y en los hechos, un factor de unidad.
Unámonos por tanto en espíritu y sentimiento para gritar un Viva Chile imaginario, que dé sentido al mes de la Patria, la misma que tanto queremos.
Desigualdades laborales y productivas
En los últimos años se han consolidado las microempresas. Se estima que en la región hay 152 mil personas que trabajan en ellas. En sectores como el Comercio, su crecimiento ha estado acompañado de la proliferación de empresas de menor tamaño. De hecho, los microemprendimientos de menos de 11 personas concentran al 55,2% de los trabajadores del sector. Además, probablemente, hay una alta cantidad de estos en situación de informalidad, ya que el comercio alberga el mayor porcentaje de empleos informales (20,9%).
Ahora, si consideramos exclusivamente a las empresas formales registradas en el Servicio de Impuestos Internos (SII) el 2024, en O’Higgins, el 59,8% son microempresas, el 16,0% pequeñas y el 1,9% medianas. Estas tres categorías agrupan al 60% del empleo, y el 24,3% de las ventas. Por su parte, las empresas grandes, que llegan apenas al 0,8% del total de empresas de la región, generan el 37,1% de empleo, pero registran el 75,7% de las ventas.
La evidencia nos muestra que la matriz productiva regional no sólo genera desigualdades asociadas al sexo, donde las mujeres, además de percibir ingresos promedio inferiores, se emplean en menor cantidad que los hombres; o las asociadas a los grupos etarios, donde los jóvenes tienen mayores niveles de desempleo que el resto de la población y las personas en edad de jubilar duplican la informalidad regional; o las relacionadas con los tipos de contratación, donde el subcontrato deriva en la conformación de trabajadores de primera y segunda categoría; por nombrar algunas de las diferencias más evidentes. Adicionalmente, a nivel empresa ocurre lo propio: las de menor tamaño, que han tendido a incrementarse, son las que crean la mayor cantidad de empleo, pero también, las que menos ventas registran; mientras que las grandes, que no alcanzan a ser ni el 1% del total, se quedan con tres cuartas partes de las ventas.
En este contexto, para garantizar rentabilidad económica y social a largo plazo, además de desestacionalizar la demanda y promover la creación de puestos de trabajo, es imperioso mitigar las desigualdades experimentadas por las empresas, evitando la atomización de unidades productivas que deriva en emprendimientos de subsistencia, los que difícilmente generarán empleos que aseguren estabilidad y desarrollo.
Colchagua y la relatividad del éxito
En el fútbol de la Segunda División, la línea que separa el éxito del fracaso es brutalmente delgada. En Colchagua se está viviendo ese dilema.
El torneo tiene 14 participantes y un solo premio: el ascenso. Un campeón. Eso significa que el 7,1% cumple el objetivo y el 92,9% restante, por más esfuerzo que haya hecho, debe permanecer un año más en la categoría. Esa es la matemática fría de la competencia. Por eso, instalar la palabra fracaso con tanta ligereza es, a lo menos, injusto.
Lo que ocurrió este año no es necesariamente producto de una mala gestión, sino de la lógica del juego. Alguien, en algún momento de la temporada, encontró su mejor versión, capitaliza su racha y se quedó con el puntaje que lo consagró. Así funciona. No siempre gana el que más invierte, sino el que mejor aprovecha su ventana de rendimiento.
Y en ese contexto hay que situar a Colchagua. Un club de provincia, con una estructura económica acotada, que promedia 700 personas por partido y que es sostenido por una Sociedad Anónima que, año tras año, opera a pérdida en la categoría. Pretender que con esa realidad se pueda sostener un plantel altamente competitivo de forma permanente es desconocer el terreno que se pisa.
De ahí que resulte una infamia sostener que la dirigencia echó el equipo para atrás o que no quiere ascender. Desde la tribuna se pierde la alegría de una vuelta olímpica; desde la administración se pierde la inversión completa de una temporada. Es ilógico pensar que quien sostiene económicamente al club no quiera dar el salto a la Primera B, donde los ingresos por televisión al menos permiten equilibrar la balanza y proyectar un nuevo intento hacia la división de honor.
A 70 años de su fundación, Colchagua registra cuatro títulos en su historia. Ese dato, por sí solo, dimensiona lo complejo que es consagrarse en el fútbol profesional chileno. Que dos de esos cuatro trofeos lleven la firma del actual técnico, Raúl González, habla también de su compromiso y de su deseo legítimo de alcanzar el tricampeonato, tanto para su carrera como para la institución.
Nadie está exento de equivocarse. El error es parte de la naturaleza humana y de la gestión deportiva. Lo que no puede ser parte de nuestra naturaleza como comunidad es la descalificación permanente.
Lo que corresponde hoy es sostener la gestión, que con título o sin título, ha mantenido al club vivo, vigente y trascendiendo generaciones. Colchagua es un club familiar, querible, honesto y trabajador, el fútbol es cíclico y ya vendrán tiempos mejores para el equipo blanco de la herradura.
Septiembre, nuevos aires
Septiembre siempre ha tenido algo especial: aparece el sol, florecen los árboles y las calles comienzan a llenarse de niños con sus trajes de huaso y de banderas. Tardes más largas para compartir. Septiembre trae consigo nuevos aires.
No obstante, es un mes cargado de dualidad. Nos hace mirar nuestra historia, nuestros héroes; recordar la construcción de la República, pero también reconocer nuestros desencuentros y diferencias.
El 4 de septiembre de 2022 es parte de esa historia reciente. Ese día Chile rechazó una propuesta constitucional presentada como una oportunidad para construir un nuevo pacto, pero que terminó evidenciando cuánto nos fuimos distanciando. Una sociedad que muchas veces se pensó a sí misma desde los extremos, desde los “unos” y los “otros”, desde quienes parecían convencidos de tener la razón mientras el resto estaba equivocado. Podemos pensar distinto y defender distintos proyectos para Chile; lo importante es no olvidar que esto no nos convierte en países distintos. Chile sigue siendo uno.
Días después, el 11 de septiembre nos vuelve a enfrentar a un hecho que forma parte de nuestras heridas más profundas. Fecha marcada por experiencias, recuerdos y distintas lecturas de nuestra historia; pero que, en cualquier caso, nos recuerda cuánto daño puede producirse cuando un país deja de reconocerse como una comunidad y empieza a mirarse desde la desconfianza y la confrontación.
¿Qué hacemos hoy con esa historia? Septiembre puede ser una oportunidad para recordar sin quedarnos atrapados. Para conversar sin convertir las diferencias en pelea. Para escucharnos más. Para reconocer que el país que tenemos por delante no lo construirán solo los que toman decisiones políticas. Chile lo construimos todos.
Lo hace el que emprende, el profesor en su sala, la dirigenta que vela por su comunidad, el que participa en su centro de alumnos, la familia que se reúne un domingo y también quien muchas veces siente que no tiene ninguna influencia sobre lo que pasa.
Por eso las Fiestas Patrias son especiales. Porque durante unos días volvemos a encontrarnos en torno a comidas, tradiciones y recuerdos que, con todas nuestras diferencias, reconocemos como propios. Me gusta pensar que septiembre podría ser eso. Un mes para recordar que podemos volver a encontrarnos. Que entre banderas, flores y mesas compartidas, podamos recordar algo que muchas veces se olvida: Chile no es solo de unos. Es de todos, y ese es el mejor nuevo aire que Septiembre puede traernos.
Autismo: detectar antes para acompañar mejor
En el último tiempo, cuando hablamos de autismo, una de las primeras preguntas que surge es si estamos frente a un aumento de casos o si, en realidad, hemos mejorado nuestra capacidad para reconocerlo. Desde mi perspectiva, lo que estamos realmente evidenciando es una mejora en la detección. Ahora los niños y niñas que presentan el autismo están siendo mucho más visibilizados.
Uno de los datos que llama más la atención en el tema del diagnóstico es que esto podría hacerse desde una temprana edad. Desde el momento del nacimiento de un ser humano ya tenemos algunas observaciones que son señales muy visibles respecto del comportamiento social que tienen los niños. Por ejemplo, que los niños sigan un objeto con la vista o cuando el papá o la mamá se acerca a hablar con su pequeñito recién nacido y ya comienzan con sus primeros contactos visuales.
Sabemos de todos modos que no es como una lista de características, sino que cada niño tiene que ser evaluado por un profesional. Al principio es bueno regirse siempre por los primeros controles, donde el equipo de salud comienza también a detectar algunas señales. También, las familias notan diferencias en los niños, por ejemplo, si se demora más que otros niños en caminar, en decir mamá o papá, en señalar objetos, etc.
Entonces, ahí necesitamos la evaluación de un equipo multidisciplinario completo que logre conectar a través del juego para ir estimulando el desarrollo de su sistema nervioso. Y también la educación que tiene que recibir la familia, porque una familia que no continúa un tratamiento en casa no va a ver mucho progreso en el niño porque se va a quedar solamente con lo que logra la intervención. Las familias se adaptan a ese funcionamiento del niño, y no lo hacen al revés, no hacen que el niño comience a aprender las necesidades para adquirir una habilidad. Siempre a través de una necesidad aparece el desarrollo de una habilidad.
Más especialidad, más cerca de nuestros niños
Detrás de cada consulta pediátrica en un Centro de Salud Familiar rural o en la urgencia de un hospital comunitario existe una oportunidad decisiva: reconocer a tiempo las señales de alerta y entregar una respuesta adecuada puede cambiar el curso de la vida de un niño, niña o adolescente.
Con esa convicción territorial desarrollamos la Segunda Jornada Regional de Capacitación en Neurología Infantil, una iniciativa que busca fortalecer las competencias de nuestros equipos y acercar la alta especialidad a quienes están en la primera línea de atención.
Durante este ciclo, que recorrió las comunas de Lolol, San Vicente, Graneros y Nancagua, más de 120 funcionarios de nuestra red asistencial —médicos, enfermeras, kinesiólogos, terapeutas y otros profesionales— pudieron actualizar conocimientos y herramientas para abordar condiciones como el Trastorno del Espectro Autista, el TDAH, las cefaleas y la epilepsia.
Esta jornada fue posible gracias al trabajo articulado entre el Servicio de Salud O’Higgins, la Atención Primaria, el Hospital Regional Franco Ravera Zunino y los municipios. Destacamos especialmente el compromiso de los equipos que hicieron posible llevar estos conocimientos a distintos territorios de nuestra región.
Contar con profesionales mejor preparados significa mejorar la pesquisa, fortalecer el manejo inicial y, cuando sea necesario, realizar derivaciones oportunas a la especialidad. También significa evitar traslados innecesarios y disminuir esperas que impactan directamente en las familias.
Como Servicio de Salud tenemos el desafío permanente de avanzar hacia una atención más oportuna, resolutiva y equitativa. Para ello, no basta con disponer de especialistas en nuestros hospitales: debemos fortalecer las capacidades de toda la red y hacer que el conocimiento llegue allí donde las personas viven.
Esta segunda versión de la jornada confirma que la capacitación continua y el trabajo colaborativo son herramientas concretas para reducir brechas territoriales. Queremos que esta experiencia se proyecte en el tiempo y que cada año sean más los equipos preparados para responder a las necesidades de nuestros niños, niñas y adolescentes.
Porque acercar la especialidad también es una forma de cuidar. Y en salud pública, cuidar significa estar presentes, anticiparnos y entregar a cada familia la atención de calidad que merece.
Qué debemos mejorar en la educación pública
Hoy la educación pública experimenta una serie de cambios a nivel de leyes y normas que logran experimentar ideas, que con el tiempo no suelen ser lo suficientemente sustantivas para generar cambios de manera significativa.
Más allá de las disputas por quién tiene más razón o no, acá debemos preguntarnos algunas cosas de la educación pública ¿Qué?, ¿Cómo? ¿Quiénes?
¿Qué? Implica todo lo que ideamos y organizamos para que esta educación pueda ser realmente una movilidad en nuestra sociedad. Implementar más allá de una política pública, el reconocer verdaderamente el rol del profesor, volver a la esencia implícita de la autoridad dentro de un establecimiento educacional. Generar más autonomía y un real liderazgo de nuestros directores, que logren comprender lo importante de gestionar de manera integra una comunidad educativa. Finalmente, entregar una real autonomía en el quehacer pedagógico, innovando y fortaleciendo las acciones metodológicas para niños y jóvenes del siglo XXI. Para esto, los profesores deben tener acciones de permanente desarrollo profesional.
¿Cómo? Sin duda, la más compleja, ya que refleja un grado importante de subjetividad. Lo que planifico o implemento en un colegio, no necesariamente tendrá resultados iguales. Desde mi mirada, creo que el foco principal debe estar en la educación inicial, lograr que los niños aprendan a relacionarse de forma respetuosa, inculcando permanentemente valores, entregando experiencias de aprendizaje felices, de esta manera las escuelas deben convertirse en espacios de bienestar real desde las primeras etapas de la escolaridad. Acá es esencial el afecto y el apego que nuestros estudiantes sienten con nuestros profesores en el entorno educativo.
Finalmente, ¿Quiénes?, sin duda una sociedad que entienda que la educación pública es el pilar fundamental para el desarrollo del país, resaltará de manera indiscutible el rol inicial de la familia cómo núcleo de esta sociedad ( la primera escuela), luego es el rol de nuestros directores que conducen nuestras escuelas, profesores que en sus acciones deben consagrar un espíritu de altas expectativas en nuestros estudiantes que entenderán que la educación es un medio de movilidad social significativo.
El advenimiento de la inteligencia artificial
Muchos de nosotros estamos sin duda impactados por la inteligencia artificial, desde su empleo en aspectos menores, hasta aquellos de alto impacto, como la noticia aparecida en estos días, al serle extirpado un tumor a una persona con empleo de la IA.
Es definida como un campo de la informática que crea sistemas y máquinas capaces de realizar tareas que normalmente requieren inteligencia humana.
Si quiere saber algo más de ella le puedo indicar que funciona utilizando un conjunto de datos y reglas matemáticas para procesar la información.
Por otra parte, emplea el aprendizaje automático y profundo para mejorar sus resultados como experiencias y analizar su entorno para tomar decisiones y resolver problemas en forma automática.
Entonces, es evidente que cada vez se asume con mayor firmeza su importancia y el beneficio que nos otorga, en especial cuando ocupamos sus ventajas, no solo aparentes, sino que concretas, como mejorar la eficiencia, reducir los errores en procesos específicos y potenciar la calidad de vida.
Por cierto que también presenta desventajas, algunas de las cuales están aún por medirse concretamente en el futuro, cuando haya sido utilizada masivamente, ya que podría originar pérdidas de empleos y afectar en parte nuestra privacidad.
Pero hay un punto específico que es sin duda de total legitimidad. La determinación individual de cada uno de nosotros, de adoptarla o rechazarla, dependiendo de nuestra visión sobre ella. Pudiendo llegar a su total rechazo o a una férrea defensa, aprovechándola en beneficio propio.
En lo particular, me siento interpretado por una visión intermedia de lo que ella significa, la que me lleva a asumir que de ser trascendente, su utilización en forma puntual es necesaria.
Pero también y en un nivel personal, como el intelectual, rechazo su utilización categóricamente, ya que creo que emplearla presenta, probablemente entre otros, algunos problemas profundos.
El primero es que al utilizarla me visto con ropaje ajeno, ya que mis opiniones no me son propias y menos lo son las conclusiones de un proceso de análisis mental, propio por cierto de la intelectualidad.
El otro punto es menos trascendente, pero igualmente importante, ya que estimo que al exponer mis opiniones, en la tarima que ocupa un docente, en medios de comunicación social de cualquier tipo o simplemente en una particular conversación, emplearla es casi una falta de respeto a mis alumnos, a mis lectores y a mis interlocutores.
La tierra por cultivar en O'Higgins: Juventud, territorio y la sofisticación de la matriz productiva
Las cifras de empleo en O’Higgins ofrecen una radiografía de las limitaciones de nuestra matriz productiva: desocupación general cercana al 8,8%, más del 30% de informalidad y un ingreso medio un 18% por debajo de la media nacional. Sin embargo, la brecha se profundiza en el empleo juvenil, donde el desempleo supera el 18%, sumado al subempleo por competencias. Estamos ante una generación que inicia sus trayectorias laborales en condiciones de estrechez estructural.
En este escenario, los jóvenes mantienen una relación con el trabajo marcada por nuevas búsquedas de sentido, autonomía y desarrollo personal. A la par, son la cohorte con más años de formación de la historia regional. El nudo del problema no es la desafección ni un desajuste de expectativas, sino una profunda asincronía: mientras las transformaciones sociales y educativas avanzaron rápido, la matriz productiva no se actualizó al mismo ritmo, generando una brecha crítica entre las aspiraciones juveniles y sus oportunidades reales.
O’Higgins, esta tierra fértil, rica en recursos y memoria agraria, enfrenta hoy el desafío estratégico de no abandonar su vocación, sino de elevar su complejidad. Contar con un sector agroalimentario desplegado por todo el territorio permite avanzar desde la exportación primaria hacia una industria sofisticada -procesamiento de alto valor, congelados, extractos naturales, ingredientes funcionales y nutracéuticos-. Esta transformación permite superar la inestabilidad estacional del campo tradicional, abriendo paso a cadenas de valor que garantizan mayores ingresos, estabilidad laboral y empleo calificado.
Esta transición exige una gobernanza territorial robusta -diálogo sostenido entre sector público, empresas, academia y comunidades- con incentivos a la innovación e inserción juvenil. Una agroindustria desarrollada genera empleo transversal que atraviesa múltiples disciplinas. Experiencias internacionales como Países Bajos y Nueva Zelanda demuestran que esta sofisticación puede ser viable, rentable y multidisciplinaria.
El capital humano de las nuevas generaciones es el activo central para volver a imaginar el desarrollo regional. Elevar el valor de lo que producimos es una urgencia territorial: para que esta tierra sea también fértil para los proyectos de vida de sus jóvenes.
El INDH y los nuevos desafíos: Hay que exigirle más
Se ha escrito mucho sobre la reforma constitucional impulsada por el Gobierno para crear un estado de excepción de seguridad pública, pero nada de su contracara.
El Instituto Nacional de Derechos Humanos ha cumplido y debe seguir cumpliendo un rol institucional insustituible. Está llamado a alzar la voz cuando el Estado diseña herramientas que pueden vulnerar garantías fundamentales. La experiencia comparada advierte que este tipo de estados suelen propiciar vulneraciones de derechos humanos.
Quienes valoramos la labor del INDH debemos también invitarlo a una reflexión sincera y autocrítica. Su defensa debe trascender la protección de libertades civiles y políticas, debe abrir la mirada hacia formas más sutiles y estructurales de vulneración.
La propuesta amenaza efectos sobre derechos sociales, como la salud. Más allá, derechos como la protección medioambiental, muestran que existen vulneraciones asociadas a determinados patrones de desarrollo. Qué decir de la protección de datos frente al impacto de la tecnología, que plantean desafíos que el INDH aún no ha desarrollado activamente.
Defender la labor del Instituto no es incompatible con invitarlo a ser más. Más amplio en su mirada, más presente en agendas que son urgentes.
La seguridad no se construye restringiendo derechos, sino garantizándolos todos. No es un fin en sí mismo, sino un medio para que las personas puedan vivir con dignidad. Y esa dignidad no se agota en la ausencia de violencia, sino que exige salud, educación, medio ambiente sano, paz, participación y protección en el mundo digital. Por eso la seguridad no se trata solo de prevenir el delito, sino de garantizar condiciones para vivir dignamente.
El actuar institucional obliga a defender lo mínimo, pero también a mirar más lejos. El INDH puede y debe hacer ambas cosas.