A dos años del levantamiento del Censo, sus resultados comienzan a consolidarse como una herramienta clave para comprender el territorio y a quienes lo habitan. Más que confirmar cifras, este proceso permitió actualizar una fotografía social y demográfica más precisa de nuestras comunas, evidenciando transformaciones relevantes como el envejecimiento sostenido de la población y la disminución en la tasa de nacimientos. En ese sentido, el Censo no es solo un ejercicio estadístico, sino una base concreta para orientar decisiones públicas con mayor pertinencia y responsabilidad.
Su verdadero valor no está únicamente en la cantidad de habitantes, sino en la información que revela sobre cómo vivimos y cómo se organiza el territorio. Permite observar dónde crecen los barrios, cómo evolucionan los hogares y en qué sectores se concentran las principales necesidades. Para muchos municipios, que no siempre cuentan con la capacidad técnica de generar datos a nivel microterritorial, esta información se transforma en un insumo estratégico para priorizar inversiones y planificar con mayor precisión.
Sin embargo, el impacto de estos datos ha sido más silencioso de lo esperado. La actualización territorial ha quedado, en gran medida, en manos de equipos técnicos, lejos de la conversación cotidiana sobre el desarrollo local. Esto ha limitado que su potencial se traduzca en una herramienta visible para la ciudadanía y la toma de decisiones.
El desafío ahora es claro: utilizar esta información de manera activa, convertir datos en decisiones concretas, orientar inversiones y fortalecer políticas públicas coherentes.
Osvaldo Mañán Arce
Administrador Público, Licenciado en Ciencia Política.
Doctorado (c) en Procesos e Instituciones Políticas.
Paula Ramírez Marambio
Planificador Urbano UC
Magíster en Desarrollo Urbano UC.






