En pocos días, Chile ha sido testigo de una seguidilla de hechos de violencia en espacios educativos: agresiones a docentes, estudiantes portando armas y amenazas de tiroteos, que han instalado una sensación inquietante en el debate público. Si bien se ha reaccionado con rapidez acelerando proyectos de ley para contener estos hechos, el punto de partida podría no estar en la violencia misma, sino en algo menos evidente.
La Encuesta Nacional de Polivictimización 2023, considera que uno de cada doce niños reporta vivir ausencia de cuidado en su infancia, lo que evidencia que para muchos la experiencia de crecer ocurre en condiciones de soledad o escaso acompañamiento. En 2025, la Pontificia Universidad Católica constató que más de la mitad de los estudiantes que consultan por salud mental declara sentirse solo o aislado, sentimiento que no es únicamente por falta de compañía, sino por la dificultad de construir vínculos significativos. Desde ahí parece necesario observar qué condiciones están moldeando la forma en que los jóvenes se relacionan entre sí, con el uso de redes sociales y de cambios en los espacios tradicionales de interacción. En ambientes donde los vínculos son débiles, se erosionan los canales de reconocimiento, contención y pertenencia, y en ese contexto la violencia –problemática– puede aparecer como una forma de expresión y relación con otros.
Según informó la Superintendencia de Educación en 2025, un 75% de las denuncias en el ámbito educacional están vinculadas a problemas de convivencia que encuentran distintas explicaciones –desde la pérdida de autoridad en las aulas hasta los cambios en los entornos familiares y en los procesos de socialización–, causas independientes que parecen dar cuenta de una misma dificultad: la de construir y sostener relaciones significativas en el tiempo.
Por eso, aunque las respuestas inmediatas como protocolos, medidas de seguridad o proyectos de ley resultan necesarias, difícilmente abarcan toda la complejidad del fenómeno. Si lo que está en juego es la calidad de los vínculos, la discusión no puede agotarse en la contención de los episodios, sino que requiere una mirada más profunda sobre las condiciones en que hoy se construye la convivencia. Quizás el desafío no es solo reducir la violencia visible, sino preguntarse qué tipo de relaciones estamos siendo capaces de sostener y qué ocurre cuando esas relaciones dejan de ofrecer un espacio real de pertenencia.







