“Se hace campaña en poesía, pero se gobierna en prosa”.
La realidad es un escenario incómodo, y el libreto, una pesadilla. La ilusión del buen gobierno es un espejismo o un confuso salón de los espejos. En el laberinto de roles el Ministro de Vivienda, muy locuaz, puso en su lugar al de Hacienda y la Ministra vocera, de quien esperamos elocuencia, es evasiva escaleras arriba.
El arte del poder ha devenido en cliché. En el vértigo de copar la agenda, nadie recordó que dato mata relato. Desde el peak del Estado en quiebra el error se ha vuelto estructural y la política del empleo pasó a ser la explicación universal.
Comodín, carta marcada, dogma oficial: “la única política pública debiera ser el pleno empleo” “el gasto en ciencia que no genera empleo es inútil.” Un epíteto define la gestión: la utilidad es cuchillo que amputa el porvenir.
El Gran plan parece pensado para grandes empresas, el 1% de mayor fortuna obtendrá rebajas. Aristóteles la llamaba Prodigalidad: Volvemos al Panteón con la esperanza ingenua que Tique derrame monedas sobre los mortales. Los de abajo también verán rebajas, en casi 260 programas sociales. Promesas de campaña rotas en un abrir y cerrar de ojos.
No era fácil terminar con la delincuencia, menos sin un plan ¡Sin saber que se necesita un plan! Como el tema migratorio rinde políticamente y la expulsión de 300.000 fue metáfora y luego hipérbole, al mismo Gran programa se le hizo una adenda y con ella la parábola del buen samaritano dejó de ser relato moral: si tienes fiebre y no tienes papeles, el consultorio dará lugar a la jaula.
La ironía es feroz: quienes prometieron orden, gobiernan como aprendiz de brujo. La revelación presidencial es en realidad mordaz, un oxímoron: la verdad oficial no era tal, era un recurso literario.






