Entre los jóvenes se ha instalado el temor a ser «cringe». Se trata del miedo a hacer el ridículo, a verse demasiado entusiastas, demasiado comprometidos o extremadamente visibles, como si demostrar interés por algo fuera motivo de vergüenza.
En algunas de nuestras visitas por establecimientos educacionales, ha sido difícil consolidar liderazgos estudiantiles. Conversando con directivos y docentes, surgió una realidad que se ha repetido más de una vez: actividades que tradicionalmente debían ser impulsadas por un centro de alumnos terminan siendo organizadas por profesores, simplemente porque no hay estudiantes dispuestos a asumir ese rol.
No es que falten ideas, tampoco interés, es que les da cringe. Precisamente esta emoción es la que impide que den el paso a exponerse, a levantar la mano y a asumir una responsabilidad frente a los demás. Las sociedades avanzan gracias a quienes se atreven no sólo a superar el miedo de ser juzgados, sino a quienes lideran. Ser parte de un centro de alumnos, de una federación estudiantil, de una junta de vecinos, de espacios comunitarios, de un voluntariado o de cualquier iniciativa que busque mejorar la vida de otros, debería ser motivo de orgullo. Porque significa asumir una responsabilidad fuera de sí mismo, significa dejar el ensimismamiento y entender que eres parte de un colectivo.
Vivimos en una época donde es fácil opinar. Las redes sociales nos permiten reaccionar y comentar en un segundo. Pero construir es más difícil. Organizar, proponer, representar a otros y trabajar en equipo requiere valentía. Requiere exponerse, equivocarse y aprender.
Por eso necesitamos más jóvenes ocupando espacios de participación, no porque a modo cursi creamos que son «el futuro», sino porque son protagonistas ahora. Sus ideas y su energía son necesarias hoy para enfrentar los nuevos desafíos. Ser líder es convocar, es transformar una inquietud en una propuesta y esa propuesta en algo concreto.
Cada generación enfrenta sus propios desafíos. La nuestra convive con la desconfianza, la polarización y el individualismo. Frente a eso, participar es un acto de esperanza. Es la decisión de creer que las cosas pueden mejorar y contribuir al cambio.
Jóvenes: no tengan vergüenza de involucrarse, no dejen que el aislamiento sea una decisión. No sientan que es incómodo levantar la mano, organizar una actividad, representar a sus compañeros o dedicar tiempo a alguna causa. Lo verdaderamente admirable no es mantenerse al margen, sino todo lo contrario, es comprometerse.






