Más de 2.700 jóvenes obtuvieron el máximo nacional en Matemática 1 (M1) en la última PAES. La cifra habla bien del desempeño de esos estudiantes, pero también plantea una pregunta relevante para el sistema de admisión: si miles de postulantes llegan al techo de una prueba, ¿sigue esa prueba diferenciando adecuadamente entre ellos?
Una nota publicada por El Mercurio puso sobre la mesa una discusión relevante: frente al fuerte aumento de puntajes máximos en Matemática 1, algunas universidades están comenzando a dar mayor peso a Matemática 2 (M2) para seleccionar a sus estudiantes.
La reacción es comprensible. Si M1 entrega menos información para distinguir entre postulantes de alto desempeño, M2 ofrece una alternativa más exigente. Sin embargo, trasladar hacia esa prueba una parte creciente de la selección también obliga a mirar sus consecuencias.
Las universidades necesitan instrumentos capaces de identificar las habilidades requeridas para cada carrera. La dificultad está en asegurar que esos instrumentos midan efectivamente esas capacidades y no terminen dando un peso excesivo a la preparación específica que cada estudiante pudo recibir.
Mientras más sofisticada sea esa preparación, mayor puede ser la ventaja de quienes tienen acceso a preuniversitarios, clases particulares o colegios con mayores recursos. Un buen sistema de admisión debiera procurar que esas diferencias pesen lo menos posible al momento de identificar las capacidades de cada postulante.
Por eso resulta indispensable precisar qué esperamos de una prueba de admisión. Medir conocimientos adquiridos, capacidad de razonamiento o potencial académico supone decisiones distintas respecto de su diseño y de la ponderación que se entrega a cada instrumento.
Esta discusión adquiere especial relevancia cuando Chile vuelve a debatir el lugar del mérito dentro de su sistema educacional. Si avanzamos hacia reconocer con mayor fuerza el desempeño y el esfuerzo desde la etapa escolar, esa lógica debe sostenerse hasta el ingreso a la educación superior. El aumento de puntajes máximos en M1 abre así una discusión que va bastante más allá de esa prueba. Obliga a revisar qué entendemos por mérito, qué capacidades queremos privilegiar y cuánto deben pesar las oportunidades educativas previas al momento de seleccionar a quienes ingresan a la universidad






