En el fútbol de la Segunda División, la línea que separa el éxito del fracaso es brutalmente delgada. En Colchagua se está viviendo ese dilema.
El torneo tiene 14 participantes y un solo premio: el ascenso. Un campeón. Eso significa que el 7,1% cumple el objetivo y el 92,9% restante, por más esfuerzo que haya hecho, debe permanecer un año más en la categoría. Esa es la matemática fría de la competencia. Por eso, instalar la palabra fracaso con tanta ligereza es, a lo menos, injusto.
Lo que ocurrió este año no es necesariamente producto de una mala gestión, sino de la lógica del juego. Alguien, en algún momento de la temporada, encontró su mejor versión, capitaliza su racha y se quedó con el puntaje que lo consagró. Así funciona. No siempre gana el que más invierte, sino el que mejor aprovecha su ventana de rendimiento.
Y en ese contexto hay que situar a Colchagua. Un club de provincia, con una estructura económica acotada, que promedia 700 personas por partido y que es sostenido por una Sociedad Anónima que, año tras año, opera a pérdida en la categoría. Pretender que con esa realidad se pueda sostener un plantel altamente competitivo de forma permanente es desconocer el terreno que se pisa.
De ahí que resulte una infamia sostener que la dirigencia echó el equipo para atrás o que no quiere ascender. Desde la tribuna se pierde la alegría de una vuelta olímpica; desde la administración se pierde la inversión completa de una temporada. Es ilógico pensar que quien sostiene económicamente al club no quiera dar el salto a la Primera B, donde los ingresos por televisión al menos permiten equilibrar la balanza y proyectar un nuevo intento hacia la división de honor.
A 70 años de su fundación, Colchagua registra cuatro títulos en su historia. Ese dato, por sí solo, dimensiona lo complejo que es consagrarse en el fútbol profesional chileno. Que dos de esos cuatro trofeos lleven la firma del actual técnico, Raúl González, habla también de su compromiso y de su deseo legítimo de alcanzar el tricampeonato, tanto para su carrera como para la institución.
Nadie está exento de equivocarse. El error es parte de la naturaleza humana y de la gestión deportiva. Lo que no puede ser parte de nuestra naturaleza como comunidad es la descalificación permanente.
Lo que corresponde hoy es sostener la gestión, que con título o sin título, ha mantenido al club vivo, vigente y trascendiendo generaciones. Colchagua es un club familiar, querible, honesto y trabajador, el fútbol es cíclico y ya vendrán tiempos mejores para el equipo blanco de la herradura.






