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Columnas de Opinión

La tierra por cultivar en O'Higgins: Juventud, territorio y la sofisticación de la matriz productiva

JUEVES, 3 DE SEPTIEMBRE DE 2026


Las cifras de empleo en O’Higgins ofrecen una radiografía de las limitaciones de nuestra matriz productiva: desocupación general cercana al 8,8%, más del 30% de informalidad y un ingreso medio un 18% por debajo de la media nacional. Sin embargo, la brecha se profundiza en el empleo juvenil, donde el desempleo supera el 18%, sumado al subempleo por competencias. Estamos ante una generación que inicia sus trayectorias laborales en condiciones de estrechez estructural.

En este escenario, los jóvenes mantienen una relación con el trabajo marcada por nuevas búsquedas de sentido, autonomía y desarrollo personal. A la par, son la cohorte con más años de formación de la historia regional. El nudo del problema no es la desafección ni un desajuste de expectativas, sino una profunda asincronía: mientras las transformaciones sociales y educativas avanzaron rápido, la matriz productiva no se actualizó al mismo ritmo, generando una brecha crítica entre las aspiraciones juveniles y sus oportunidades reales.

O’Higgins, esta tierra fértil, rica en recursos y memoria agraria, enfrenta hoy el desafío estratégico de no abandonar su vocación, sino de elevar su complejidad. Contar con un sector agroalimentario desplegado por todo el territorio permite avanzar desde la exportación primaria hacia una industria sofisticada -procesamiento de alto valor, congelados, extractos naturales, ingredientes funcionales y nutracéuticos-. Esta transformación permite superar la inestabilidad estacional del campo tradicional, abriendo paso a cadenas de valor que garantizan mayores ingresos, estabilidad laboral y empleo calificado.

Esta transición exige una gobernanza territorial robusta -diálogo sostenido entre sector público, empresas, academia y comunidades- con incentivos a la innovación e inserción juvenil. Una agroindustria desarrollada genera empleo transversal que atraviesa múltiples disciplinas. Experiencias internacionales como Países Bajos y Nueva Zelanda demuestran que esta sofisticación puede ser viable, rentable y multidisciplinaria.

El capital humano de las nuevas generaciones es el activo central para volver a imaginar el desarrollo regional. Elevar el valor de lo que producimos es una urgencia territorial: para que esta tierra sea también fértil para los proyectos de vida de sus jóvenes.


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