Tras el partido entre Quintero Unido y Deportes Rancagua, un cartel lo dijo todo: «Ganancias millonarias, migajas comunitarias. El fútbol amateur necesita financiarse».
Es un tema complejo y sensible, pero alguien tiene que decirlo.
En el papel, el fútbol amateur es aficionado. Sus estatutos no permiten remunerar a los protagonistas del espectáculo, que hoy son los jóvenes de la Tercera A -14 equipos a nivel nacional- y los muchos más de la Tercera B.
La idea es noble: que sea un camino hacia el profesionalismo. Si me permite la analogía, este es el camino de tierra. El pavimentado es el del fútbol joven profesional. Y por eso es un camino pedregoso y difícil: hay que prepararse para rendir al máximo, muchas veces sin apoyo económico, sin contrato ni seguridad.
Los estatutos dicen que no se puede pagar. Pero todos sabemos que la realidad distorsiona la norma. Aparecen mecenas que, viendo la precariedad, ven una oportunidad: invierten para llevar al club al profesionalismo, donde recién podrán recuperar y convertirlo en Sociedad Anónima para obtener dividendos.
Ahí se distorsiona todo, porque no hay control. Generalmente ascienden los equipos que faltan a la regla de no pagar, y la competencia se vuelve desleal desde su base.
No digo que no haya que pagar, ni avalo que lleguen fortunas para ganar fácil. Digo que hay que controlar, transparentar y poner límites. No podemos seguir con un reglamento amateur para una competencia que en los hechos es semi-profesional.
Es triste ver a jugadores luchando por su futuro, esperando que llegue gente al estadio para que les paguen los pasajes y una colación. Esa fue la realidad que denunció el cartel de Quintero.
Este tema no se agota en una columna. Solo abro el debate para visibilizar lo que pasa en ANFA.
Porque sin jugadores no hay espectáculo, y sin justicia, no hay competencia.






