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Columnas de Opinión

¿Para qué sirve la ética?

JUEVES, 5 DE NOVIEMBRE DE 2026


Cada tercer miércoles de octubre se conmemora el Día Mundial de la Ética, una iniciativa impulsada en 2014 por el Consejo Carnegie de Ética en Asuntos Internacionales. Resulta paradójico que necesitemos reservar una fecha en el calendario para recordar algo tan esencial. Quizás esa misma necesidad sea ya un diagnóstico de nuestro tiempo.

La filósofa Adela Cortina, en su libro ¿Para qué sirve realmente la ética?, sostiene que ésta permite «abaratar costes en dinero y sufrimiento». En otras palabras, la ética es una de las inversiones más rentables que una sociedad puede realizar. Así lo comprendió, hace más de un siglo, Eloísa Díaz, primera mujer médica de Chile y de Latinoamérica, quien se dedicó a velar por la salud de los niños y niñas en las escuelas, convencida de que el conocimiento cobra sentido cuando se pone al servicio de los demás.

La ética aplicada a la vida cotidiana supone siempre un recorrido de tres pasos: reconocer al otro como una persona dotada de dignidad; comprender su realidad, sus necesidades y sus razones, incluso cuando difieran de las nuestras; y finalmente actuar: ofrecer la mano, el tiempo y el conocimiento, porque, como sugiere Cortina, los seres humanos estamos llamados al cuidado mutuo y a la cooperación.

La ética sin solidaridad corre el riesgo de convertirse en un discurso vacío; la solidaridad sin ética puede reducirse sólo a un gesto bien intencionado. Ambas dimensiones se necesitan y se fortalecen mutuamente. En nuestras aulas, donde se forman futuros técnicos y profesionales, sabemos que no basta con enseñar a hacer bien las cosas, es decir, desarrollar competencias; también es necesario enseñar a hacer el bien, esto es, cultivar virtudes.

En una época marcada por la prisa, el ruido y la violencia, reflexionar sobre la manera en que convivimos constituye casi un acto de rebeldía. La mejor forma de conmemorar la ética es convertirla en una práctica cotidiana. No se trata de obedecer reglas por temor, sino de asumir la responsabilidad de construir una sociedad más humana, más justa y más fraterna. Esa es, después de todo, la verdadera rentabilidad de la ética.


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