El avance de la inteligencia artificial (IA) en el ámbito educativo ha instalado un debate respecto de sus efectos en el desarrollo del pensamiento crítico. Más allá de estudios internacionales que advierten una posible disminución de habilidades cognitivas, la discusión se centra en cómo integrar estas herramientas sin afectar la formación integral de los estudiantes.
La docente de la carrera de Pedagogía en Educación Parvularia de la Universidad de O’Higgins (UOH), Carolina Leppe, señala que diversas investigaciones apuntan a que quienes utilizan IA para elaborar trabajos académicos activarían menos conexiones cerebrales que quienes desarrollan sus proyectos de manera autónoma. A su juicio, más que una amenaza inmediata, se trata de una consecuencia del desuso cognitivo, que podría impactar en habilidades como la creatividad, el análisis y la resolución de problemas.
“Por ejemplo, delegar en la IA un ensayo íntegro sin comprender su fondo o resolver ejercicios omitiendo el procedimiento reduce el esfuerzo cognitivo y limita la capacidad de argumentación. Es una consecuencia lógica: cualquier habilidad que se deja de ejercitar se pierde. Si estos sistemas realizan el trabajo, el discernimiento disminuye. Cada vez más jóvenes inhiben sus procesos cognitivos al externalizar sus tareas, lo que incide directamente en el debilitamiento de sus facultades creativas”, añade la especialista en neurociencias aplicadas a la educación.
Desafíos docentes en IA
Para Leppe, uno de los principales desafíos es acortar la brecha entre las competencias reales del estudiantado y los productos que entregan. Esta diferencia, plantea, obliga a replantear estrategias pedagógicas que fomenten la independencia intelectual y un uso consciente de la tecnología.
“Como docentes enfrentamos el desafío de formar estudiantes capaces de desarrollar pensamiento reflexivo mediante el análisis y la creatividad en un entorno atravesado por la inteligencia artificial. Esto implica promover que el empleo de estos recursos se haga de manera estratégica y crítica, como también asegurar que los resultados respondan a procesos de aprendizaje genuinos y comprobables”, señala.
En ese contexto, sostiene que la labor docente requiere hoy una mediación estratégica que permita contextualizar el uso de estas herramientas. Plantea que el acceso a la IA no debe restringirse completamente, sino regularse mediante lineamientos claros dentro del proceso educativo. Si bien reconoce que estas tecnologías aportan eficiencia, advierte que su integración debe ser supervisada.
“El reto está en que la experiencia de aprendizaje incorpore instancias donde el estudiante contraste, valide y profundice la información obtenida, de modo que estos recursos no resuelvan el proceso formativo, sino que lo complementen”, sostiene.
Criterio, ética y deontología
La académica agrega que el rol pedagógico también debe enfocarse en fortalecer la independencia intelectual de los estudiantes, promoviendo el desarrollo de un juicio propio que les permita enfrentar distintos escenarios.
“Estoy convencida de que debemos acompañar a los jóvenes para que alcancen el máximo de sus capacidades y descubran lo que pueden lograr por sí mismos. Esto les permitirá enfrentar mejor los desafíos futuros. Es fundamental motivarlos a desarrollar habilidades que favorezcan el pensamiento propio, de modo que sean más independientes y competentes. Por ello, más que centrarnos solo en los resultados, es necesario valorar el proceso formativo de cada estudiante, haciéndoles comprender que el conocimiento tiene un sentido humano. Es relevante transmitir esta idea con claridad, orientando no solo sobre el manejo práctico de la IA, sino también sobre la profunda responsabilidad ética que implica su implementación”, agrega.
Finalmente, plantea que uno de los retos actuales es avanzar hacia lineamientos más claros que orienten la incorporación de la inteligencia artificial en el sistema escolar. A su juicio, aunque existen marcos como la Política Nacional de Inteligencia Artificial y experiencias institucionales, su implementación ha sido dispareja.
“Hoy conviven distintas respuestas frente a este fenómeno: hay instituciones educativas que limitan el empleo de la IA, otras que lo prohíben y algunas que buscan integrarlo progresivamente, mientras la formación docente en estos sistemas avanza en paralelo. Esto evidencia un sistema en transición, donde el desarrollo tecnológico progresa más rápido que las estrategias educativas para encauzarlo de manera cohesionada y dentro de un acuerdo que permita a la IA desarrollarse sin reemplazar el pensamiento crítico estudiantil”, concluye.






