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Emociones cotidianas bajo la lupa: Experto advierte sobre la creciente medicalización de la vida


Según el especialista, esta tendencia puede dejar en segundo plano factores sociales, culturales y relacionales que también influyen en el bienestar.

SÁBADO, 22 DE AGOSTO DE 2026
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Publicado por

Javier Celis



La tristeza frente a una pérdida, el miedo ante un cambio importante, la ansiedad antes de un desafío o el desánimo durante períodos complejos forman parte de la experiencia humana. Sin embargo, estas emociones pueden ser cada vez más interpretadas desde una perspectiva clínica, en un proceso que amplía los límites de aquello que socialmente se entiende como una enfermedad.

El académico del Instituto de Ciencias de la Salud de la Universidad de O’Higgins (UOH), Jorge Gallardo Cochifas, explica que este fenómeno corresponde a un proceso de medicalización que también ha alcanzado la forma en que las personas comprenden sus emociones y malestares.

“La medicalización consiste en transformar aspectos normales de la vida, como el duelo, la menopausia, el envejecimiento o determinadas formas de comportamiento, en problemas médicos. Sin embargo, hoy estamos observando algo aún más profundo: un proceso de psiquiatrización, donde las emociones y los malestares cotidianos comienzan a interpretarse casi exclusivamente mediante diagnósticos de salud mental”, señala.

Según el especialista, esta tendencia puede dejar en segundo plano factores sociales, culturales y relacionales que también influyen en el bienestar. En ese sentido, plantea que un diagnóstico puede ser una herramienta relevante para el trabajo profesional, pero no necesariamente constituye una explicación completa de la experiencia de una persona.

La expansión de las categorías diagnósticas

El debate tomó fuerza con la publicación del DSM-5, quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, utilizado ampliamente por profesionales de la salud mental.

Gallardo cuestiona que el aumento de categorías o la modificación de los criterios diagnósticos necesariamente implique que existan más enfermedades.

“La discusión es si realmente estamos frente a nuevos conocimientos científicos o si simplemente ampliamos los criterios diagnósticos, haciendo posible que cada vez más personas encajen dentro de alguna categoría clínica”, sostiene.

El académico advierte que el problema surge cuando las etiquetas diagnósticas pasan a convertirse en la única manera de comprender las emociones o las dificultades que atraviesa una persona.

“El diagnóstico puede ser útil en determinados casos, pero difícilmente reemplaza el valor de los vínculos, el diálogo, la experiencia compartida o las condiciones sociales que también explican gran parte de nuestro bienestar”, puntualiza.

Redes sociales y autodiagnóstico

La discusión también se ha trasladado al entorno digital. En redes sociales circulan diariamente contenidos que relacionan determinados comportamientos o experiencias con cuadros como depresión, ansiedad, trastorno por déficit atencional, autismo o neurodivergencia.

Para Gallardo, uno de los riesgos está en presentar situaciones complejas mediante explicaciones simples.

“Frases como ‘si te pasa esto, entonces tienes este trastorno’ o ‘si haces esto probablemente eres neurodivergente’ presentan como verdades generales procesos que son mucho más complejos. Un diagnóstico requiere evaluar la historia, el contexto y las circunstancias particulares de cada persona”, explica.

El especialista plantea que esta dinámica puede llevar a que diferencias personales, dificultades puntuales o emociones desagradables sean interpretadas automáticamente como señales de un trastorno.

“Ese es uno de los principales desafíos actuales: evitar que la única forma de comprender lo que sentimos sea a través de una etiqueta diagnóstica.”

La presión por estar siempre bien

A esta situación se suma la presión cultural por mantener una imagen de felicidad y bienestar permanente. En redes sociales, las experiencias asociadas al éxito, la realización personal y los momentos positivos suelen tener mayor visibilidad que las dificultades cotidianas.

Gallardo relaciona esta situación con lo que algunas investigadoras han denominado la “dictadura de la positividad”, concepto que apunta a una exigencia constante de mostrarse bien.

“Como seres humanos no somos máquinas programadas para sentirnos bien todo el tiempo. Nuestro estado emocional depende de nuestras relaciones, del trabajo, de las condiciones de vida, del contexto social e incluso de los acontecimientos nacionales e internacionales”, afirma.

En este escenario, la comparación con otras personas puede generar la percepción de que experimentar tristeza, frustración o incertidumbre constituye una anomalía.

“Esa comparación constante puede hacer que una persona sienta que hay algo malo en ella simplemente porque experimenta tristeza, frustración o incertidumbre. Pero esas emociones forman parte de la vida y no deberían entenderse automáticamente como una enfermedad”, sostiene.

El rol de las redes de apoyo

Frente a este escenario, el académico destaca la importancia de recuperar espacios de conversación y apoyo social. Antes de recurrir al autodiagnóstico mediante contenidos disponibles en internet, plantea que hablar con familiares, amistades u otras personas de confianza también puede ser una herramienta para enfrentar períodos complejos.

Esto no significa descartar la atención profesional cuando sea necesaria. Por el contrario, Gallardo señala que existen situaciones en las que consultar a un especialista resulta recomendable.

“La consulta profesional es recomendable cuando el malestar persiste, aumenta con el tiempo o comienza a afectar significativamente la vida cotidiana, el trabajo, los estudios o las relaciones. Pero eso no significa que toda tristeza, preocupación o cansancio sea un trastorno de salud mental.”

Desde esta perspectiva, el desafío estaría en encontrar un equilibrio entre reconocer cuándo existe un problema que requiere atención especializada y evitar que las emociones propias de la vida cotidiana sean interpretadas automáticamente como enfermedades.


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