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Columnas de Opinión

El cambio es una carta robada

MARTES, 13 DE OCTUBRE DE 2026


Cada elección chilena repite un ritual: todos prometen cambio. Lo llaman transformación, reconstrucción o nueva etapa. La pregunta no es por qué se promete tanto, sino por qué tan pocos consiguen encarnarlo.

“Espejo para príncipes” de Marco Enríquez-Ominami y Daniel Flores Cáceres, publicado por el Fondo de Cultura Económica, propone una idea incómoda: el cambio es un significante vacío. Como el MacGuffin de Hitchcock, mueve la trama aunque su contenido permanezca indefinido. Todos lo persiguen; cada cual imagina algo distinto.

El «Change We Can Believe In» de Obama logró condensar una expectativa colectiva. El «Take Back Control» del Brexit permitió reunir aspiraciones contradictorias bajo una misma consigna. Kamala Harris, en cambio, intentó representar una nueva etapa sin distanciarse de la administración de la que era parte. Invocar el cambio no basta: hay que encarnarlo.

El libro ilumina una distinción esencial: tener un programa no equivale a representar una transformación. El programa responde qué se hará; el símbolo, quién encarna esa promesa. La política necesita ambas cosas. Sin proyecto, el símbolo se agota; sin representación, hasta el mejor programa puede resultar indiferente.

Pero existe una paradoja más profunda. Fuerzas que nacen cuestionando el orden establecido pueden terminar convertidas en sus administradoras. La rebeldía se vuelve prudencia; la crítica del sistema, defensa de sus límites. Quienes expresaban el anhelo de cambio pasan a ser percibidos como parte de aquello que prometieron superar.

Chile conoce esa contradicción. La distancia entre la promesa y el ejercicio del poder no se mide solo por las reformas pendientes, sino también por la identidad política que se abandona o transforma al gobernar.

Esto no es simple marketing. Hemos profesionalizado la técnica política y descuidado su dimensión simbólica. Por eso importa qué “Espejo para príncipes” se presente como una guía no solo para candidatos y asesores, sino también para votantes: entender cómo se construye la representación ayuda a juzgarla.

Como la carta robada de Poe, el cambio está a la vista de todos. La disputa es quién consigue darle sentido. Porque una cosa es conquistar el poder prometiendo cambiar la realidad y otra, mucho más difícil, ejercerlo para transformarla.


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